GERONTOLITERATURA: “Los surcos del tiempo”

Como ya os adelanté en la anterior entrada, quería hacer mención importantísima que se está haciendo con este movimiento en Argentina, llamado Gerontoliteratura. Y, como habrás podido imaginar, es una literatura inspirada en nuestros mayores.

Te animo a que leas la entrada anterior, “Recompensas” donde explico más detalladamente de dónde viene este texto. Así, a continuación, te dejo el relato y, como siempre, espero tu opinión al respecto.

Sofía se sorprendió recordando aquel día en el que, sentada en el sillón que hay junto al gran ventanal del salón, hablaba con su querido Manuel:

-¿Qué ocurre, Sofía? –Preguntó su esposo.  – ¿Sigues pensando en lo que me dijiste ayer?

-Creo que podría echarte una mano. –He hizo un gesto para que la dejara continuar –Ya me has dicho muchas veces que las mujeres no estamos hechas para estar en el campo, pero creo que podría ayudarte.

“Nuestros hijos se marcharon a la ciudad, pero esta maldita situación por la que pasa el país, nos ha dejado sin trabajo a la mayoría de las mujeres. Y, seamos francos, tú no puedes con todo.

Manuel se aproximó a su mujer, acercó la silla más cercana y cogió su mano. Sonrió entrañable.

-Creo que si me enseñaras a llevar el tractor, podría ayudarte…

Manuel se mostraba totalmente contrario a esta idea. Creía que su mujer estaba perdiendo la cabeza, pero sabía que la desesperación jugaba muy malas pasadas. Desde que él fue destituido en las labores de la construcción debido a su edad, nada había vuelto a ser lo mismo en casa.

Sofía lo tomó demasiado en serio, pero Manuel no podía parar de reír por su torpeza, sin embargo, admiraba su valor […] *** Imagen de Sergio Souza — On twitter: @serjosoza

Y así fue como enseñó a su mujer. Todas las mañanas, madrugaban para alguna clase práctica. Sofía lo tomó demasiado en serio, pero Manuel no podía parar de reír por su torpeza, sin embargo, admiraba su valor, su energía. Poco a poco, ella se fue integrando en las tareas del campo: aprendió a recoger el fruto de la oliva, conocer las funciones de la cooperativa del pueblo y del trabajo en sí.

Fue conocida en el municipio: algunas veces criticada y otras, admirada; comenzó a crear su propio huerto. Movió todo lo posible para conseguir vender sus hortalizas en la plaza del pueblo. En ocasiones, tras la puerta de su casa, se encontraban los cajones con todo lo que producía en el día. Algunos vecinos, fieles al buen trabajo de Sofía, acudían a comprar a casa.

Sus hijos parecían ir bien, ambos tenían trabajo a pesar de que ninguno estaba en el pueblo. Natalia se había marchado a la capital con su marido, empleados de un gran multinacional. Daniel, sin embargo, se marchó al extranjero, parecía ser el único lugar donde valoraran su profesionalidad.

El timbre de la puerta le hizo despertar de sus cavilaciones. Al suelo cayeron las facturas y la fotografía de Manuel, aquella que Sofía guardaba recelosamente entre sus arrugadas manos.

Tras la puerta, estaba Cecilia, su amiga desde la juventud más tierna. Ambas habían descubierto el sentido de la vida, a sus esposos. Y lo habían hecho prácticamente juntas.

-Sabía que estarías aquí –Dijo Cecilia, al abrir la puerta. –No sales de casa y esto no debe ser bueno.

-Aún hace poco que Manuel se ha marchado y… -Su voz se quebró. Su querido esposo había fallecido pocos meses atrás. Una enfermedad repentina y un dolor permanente en el marchito corazón de nuestra protagonista.

Lo sé –dijo Cecilia dulcemente, mientras la acunaba entre sus brazos –Pero no puedes seguir así. Aquí hace frío y no estás en edad de…

-¿De qué, Cecilia? –Preguntó separándose del calor de su amiga.

-¿Aún sigues pensando en lo mismo?

-No puedo permitir que me quiten mi casa, mis sueños. ¡Es lo que Manuel y yo creamos durante nuestra vida! –Gritó Sofía iracunda. –Las facturas se amontonan en casa, en cualquier rincón, en cualquier cajón. Mi pequeña pensión no da para cubrir todo esto –dijo señalando la casa –No tengo con qué calentar mi casa en los duros meses del invierno, ni comida, ni para pagar las rentas de las tierras. Lo único que podría salvarme sería conseguir poner en marcha nuevamente los olivares: recoger su fruto, vender su aceite.

-El Estado es quien determina qué subvenciones y qué pensión te corresponde, ¿qué vas a hacer contra eso?

-¡Pelear!

-Venga ya, Sofía. Eres una setentona, un estorbo.

Sofía calló. Ceci era una buena amiga, pero en ocasiones era preferible que no abriera la boca. ¿Por qué tenían que dudar de ella? Estaba harta de escuchar que ser vieja, te quita todos los derechos que te corresponden por ley. Había sido una mujer luchadora, emprendedora para los tiempos en los que había vivido. ¿Qué le podría amedrentar ahora? Lo que podía perder ya lo estaba: su hogar, sus tierras por las que tanto luchó, su esposo…

-Sofía –Cecilia puso su mano sobre las rodillas de su amiga. –Déjalo estar. Esas tierras ya no te pertenecen, lo ha dicho un juez… Ven conmigo, a casa.

Se sentía tan agradecida. Su amiga nunca le había dejado por el camino, siempre había cobijo bajo sus ropas, bajo su techo. Mas ella tenía claro lo que tenía que hacer.

***

Llevaba varias semanas acudiendo al Ayuntamiento del pueblo, acudiendo al mismo despacho de siempre. Su vergüenza quedaba en la puerta, con el frío. Solo importaba seguir adelante. Pero hace dos días, le negaron la entrada. Le dijeron que el Alcalde, el vecino cercano y ejemplar, había rehusado atenderla, alegando que estaba reunido. Sofía sabía que era alguna estratagema para que no acudiera más.

-Lo siento. El Sr.  Alcalde me ha pedido hoy que no le moleste nadie. –Dijo Silvia, la secretaría. Hija de su vecina Lola. –Sé por lo que estás pasando, pero venir todos los días aquí no te servirá de nada –Musitó, con tanta delicadeza, que Sofía sintió que perdía la paciencia.

¡Claro que serviría! Tenía claro que si le cerraban una puerta, ella abriría otras muchas. Le habían quitado sus tierras, solo porque estaban al nombre de su marido. Nadie les dijo cómo debían declararlas, ni cómo incluirlas en el testamento y mientras tanto, subsistía de la caridad de sus hijos, de los vecinos. Leyes, prohibiciones, ¿por qué todo se había puesto tan complicado para alguien que solo quería vivir?

A la mañana siguiente, no lo dudó. Se acercó al cajón del mueble de la entrada de casa y cogió unas llaves. Aún resonaba en su cabeza la voz de su amiga diciéndole que la mujer está relegada al hogar, que es su lugar.

De la misma forma, se dirigió hacia una puerta de metal de un color verde botella. Se sintió el rechinar de la misma al abrirse, quejándose del tiempo que lleva abandonada. Y allí estaba, aquella máquina que debió hipotecar y que estaba a punto de perder, según su abogado, por irregularidades en el testamento de su marido.

El fuego se volvió a apoderar de sus entrañas y, sin dudarlo, abrió la puerta de aquel temible tractor.

-A ver –dijo subiéndose –Hace tiempo que tú y yo… pues eso, que no hemos trabajado juntos. Pero, ¿te acuerdas cuando Manuel me enseñaba? –Recordó con cariño –¡No era capaz ni de meter la llave en su sitio!. Se sorprendió riendo.

Puso el motor en marcha y, un pequeño temblor, le hizo sobrecogerse.

Ahora no puedes fallarme –susurró. Y, acto seguido, intentando meter la marcha de aquella máquina y con pequeños acelerones, atravesó la gran puerta de metal.

No quiso reconocer si el temblor era del vehículo o era el suyo propio, cuando vio un coche frenar de golpe justo por su derecha. El sonido del claxon le devolvió a la realidad:        

-Sabes dónde tienes que ir y lo que tienes que hacer, no lo dudes. –Se dijo a sí misma y siguió por las calles, temiendo no ser capaz de manejar dicha máquina. Y allí se presentó, frente al Ayuntamiento, donde le habían negado toda la ayuda que necesitaba. Y con su mirada desafiante, comenzó a acelerar el vehículo, demostrando que estaba presente y que no dejaría que nadie echara por tierra aquello por lo que había luchado.

***

Y así se presentó día tras día. Los vecinos pensaron que había perdido el juicio. ¿Qué hacía una mujer de 70 años subida a un tractor y frente al Ayuntamiento?

Al principio nadie tomó importancia del asunto, ni siquiera el Alcalde se molestó en salir y llamar su atención, estaban completamente seguros de que llegaría el día que se cansaría y volvería a casa, donde debía estar.

Pero, entonces ocurrió algo diferente. Un día no se presentó únicamente Sofía, sino que lo hizo Juana, dueña de la carnicería. Ella había tenido una situación similar, temía perder su local. Apoyar a su vecina era lo más sensato. Y allí estaban las dos: una en un tractor, la otra con una cacerola.

Ambas se sintieron fuertes.

Pasadas dos semanas, la prensa se hizo eco de la situación y se presentó en aquella vorágine. Una corresponsal interrogó a nuestra protagonista, le dio voz. Lo que nadie había hecho antes por ella.

Mientras tanto, su hija Natalia desde su hogar en la ciudad, ajena a todo lo que sucedía en el pueblo, alimentaba a sus hijos. Se detuvo absorta frente a la televisión donde pudo ver a su madre encabezando la protesta.

Las imágenes no dejaban indiferentes a nadie: mujeres llevando tractores que no habían conducido nunca y que lo dejaban entrever cuando habían levantado el coche del vecino con la pala del vehículo; otras se habían chocado con la fachada de sus propios hogares, habían levantado arbustos y fueron acompañadas de árboles ornamentales hasta el Ayuntamiento. Decían que la intención era acompañar a su vecina, no destruir el pueblo.

Las presentadoras del noticiario no podían parar de reír. Algunas bromeaban con el hecho de ser mujeres aburridas en sus casas. Otras, sin embargo, alababan su inquietud, sus ganas de luchar.

Aquellas mujeres que no tenían un tractor, iban acompañadas de sus autos, de cacerolas, de silbatos.

También fue noticia que el jardinero municipal se marchó del pueblo a otro que valorara su arte. Aquellos arbustos con formas de animales que tanto trabajo le habían costado crear, habían acabado en la manifestación sin ser invitados.

Ante tales circunstancias, hubo un gabinete de crisis. El Alcalde, que temía perder a sus tan cotizados votantes, no tuvo más remedio que ceder. Había comenzado a tener pesadillas, ¡hasta su mujer le había amenazado con ponerse frente al Ayuntamiento!

Sus concejales pidieron que no se achantara, que siguiera adelante, que llegaría el día que todo volvería a su cauce, la prensa se aburriría… pero no parecía tener fin.

Intentaron ofrecer a Sofía trabajar las tierras que ya eran del Ayuntamiento, le ofrecieron un contrato a pesar de que la edad no era la idónea mas ella se negó, siguió manifestando la ayuda real, poseer sus tierras y trabajarlas como se merecían.

Finalmente, accedieron, ayudaron a las vecinas en una especie de asociacionismo, pelearon por sus tierras frente a la administración. Ante tal presión femenina, nada se podía hacer, salvo ponerse del lado de aquellos ciudadanos que más lo necesitaban.

***

Era el final de un día largo y Natalia decidió meterse en la cama aunque sabía que, como todas las noches, le costaría dormir. Su cabeza giraba en torno a la misma idea, ¡cómo había dejado sola a la persona más importante de su vida! Quizá no supo ver que  necesitaba su hombro. No fue la hija perfecta que apoyó a su madre a seguir adelante, a pelear por aquello que era suyo, que le correspondía.

No podía imaginar que, tras toda la revuelta, tras ganar todo lo que le pertenecía por derecho,  su madre se marchara, sin más. Se fue con tanta paz, con tanta tranquilidad, que inundó su alma de ternura. Pensó que jamás podría haber hecho algo de tal magnitud y, que los reproches que en tiempo atrás salieron de su boca, eran el temor que su madre nunca tuvo.

De forma sutil, sintió un pequeño brazo a su alrededor. Encendió la luz de la mesita.

Cariño, ¿no te has podido dormir aún? –Preguntó con cariño a su hija.

No, mamá. Estaba pensando en la abuela.

Natalia se incorporó, sentándose en la cama. -¿En qué piensas, mi amor?

¿Por qué la abuela fue con esas personas?

Hija, -explicó Natalia –La abuela era una luchadora. Pensó que debía proteger su casa, su trabajo, incluso a nosotros. Mira hija –Se incorporó y continuó hablando tras ver la cara de confusión de su niña –En ocasiones, hay que luchar por lo que nos corresponde. La vida no siempre es fácil, pero tienes que tener claro que te lo mereces todo. Siempre con humildad, con cariño. No se trata de conseguirlo a cualquier precio, sino de luchar por lo que es tuyo, lo que te corresponde.

-¿Y eso es lo que hizo la abuela?

-Eso es lo que hizo. La abuela tuvo una vida difícil, pero fue feliz, junto al abuelo y con sus hijos. Cuidó de nosotros y aun así, por ser mujer, tuvo más inconvenientes. Sofi, hija, nunca dejes que, por ser mujer, nadie te diga lo que tienes que hacer.

-¡Pero si solo soy una niña, mamá! –Dijo la pequeña Sofía cruzando sus diminutos brazos.

Entre risas cómplices, Natalia llevó nuevamente a su hija a la cama, entre sus brazos.

-Ahora, intenta descansar. Mañana regresará papá de ese viaje tan largo. –Susurró Natalia antes de cerrar la puerta y volver de nuevo a su cuarto.

La pequeña Sofi, se acurrucó entre sus sábanas suaves de franela cuando su madre se marchó de la habitación. Bajo su almohada, había escondido unos recortes que su madre guardaba de forma recelosa. En esas imágenes salía su abuela, subida a un tractor, rodeada de otras muchas mujeres.

-Algún día, abuela, seré como tú. –Susurró la pequeña mirando al techo de la habitación. –Al menos, ya compartimos el mismo nombre. –Sonrió –Seguro que también compartimos el mismo valor.

***

En la mesa de la cocina de la misma casa, se encontraban varios papeles, entre ellos, el testamento que había preparado su madre antes de fallecer. Una nota rezaba así:

“Que la herramienta que más valor me ha dado, os la de también a vosotros. Cuidad bien de nuestro tractor. Os quiere, la abuela.”

Dedicado a todos nuestros mayores,que nos han enseñado los valores y el coraje de mirar siempre al frente.


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